domingo, 16 de diciembre de 2018

Rel3 B2.1 Revelación: El pecado





Rel3 E3 Adviento y Navidad




En el siglo IV, tras el reconocimiento del cristianismo como religión aceptada en el Imperio Romano, se fija la fecha para la fiesta de Navidad el 25 de diciembre. Posiblemente la fecha se escogió para cristianizar la fiesta pagana del Sol Invictus celebrada en ese mismo día. Sin embargo, investigaciones realizadas a partir del Evangelio de Lucas demuestran con gran probabilidad que Jesús realmente pudo haber nacido el 25 de diciembre.

¿Es eso cierto? ¿Jesús nació verdaderamente el 25 de diciembre? El profesor Shemarjahu Talmon, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, está convencido de que así es. El docente partió del pasaje del Evangelio de San Lucas (1, 5-13) en el que se cuenta que en la época en la que Herodes era rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías, marido de Isabel. Lucas dice que “mientras Zacarías oficiaba ante el Señor, en el turno de su clase, según la usanza del servicio sacerdotal, le tocó a suertes entrar en el templo para hacer la ofrenda del incienso” y en ese momento se le apareció un ángel que le predijo el nacimiento de un hijo, que habría de llamar Juan (el Bautista). Se sabe que, en el antiguo Israel, los que pertenecían a la casta sacerdotal se dividían en 24 clases, que se organizaban en un orden inmutable y que debían prestar servicio litúrgico en el templo durante una semana, de sábado a sábado, dos veces al año. La clase de Zacarías, la de Abías, era la octava en el orden oficial. Con la ayuda del calendario de la comunidad esenia de Qumrân, el profesor Talmon reconstruyó los turnos, el segundo de los cuales caía en septiembre. Las antiguas Iglesias de Oriente celebran, de hecho, la concepción de Juan entre el 23 y el 25 de septiembre. El evangelista Lucas dice, además, que la anunciación del ángel Gabriel a María sucedió seis meses después de la concepción de Juan (Lc, 1, 26). Las liturgias orientales y occidentales concuerdan en la identificación de esta fecha con el 31 del mes de Adar, que corresponde a nuestro 25 de marzo, fecha en la que la Iglesia celebra el anuncio del ángel y la concepción de Jesús. La fecha del nacimiento, por tanto, debería ser colocada 9 meses después, es decir el 25 de diciembre. 

Los estudios del profesor Talmon, sin embargo, no han callado las voces que apoyan la falta de fundamento de esta fecha, considerada contraria al relato evangélico de Lucas, ya que este habla de pastores que pasan la noche al raso, evocando un contexto que parecería más primaveral que invernal. Con respecto a esto, se evocan las normas de pureza típicas del judaísmo, recordando antiguos tratados en los que los rebaños se diferenciaban en tres tipos: los compuestos sólo de ovejas de lana blanca, consideradas puras y que después de pastar volvían a entrar en el redil en el centro de las poblaciones; las compuestas por ovejas de lana en parte blanca y en parte negra, que por la tarde entraban en rediles dispuestos a las afueras de las poblaciones; y las ovejas de lana negra, consideradas impuras, que no podían entrar ni en las ciudades ni en los rediles, debiendo permanecer a la intemperie con sus pastores en cualquier periodo del año. El Evangelio, recuerda, además, que los pastores hacían turnos de guardia, lo que indicaría una noche larga y fría, apropiado al contexto invernal.

Es la noche la que acoge la Misa más tradicional de Navidad, la de medianoche, que recuerda cómo el Papa de Roma solía celebrar tres Eucaristías en esa festividad, la primera de las cuales comenzaba alrededor de la medianoche y se celebraba en la Basílica de Santa María la Mayor, donde según la tradición, se encuentran las reliquias del pesebre en el que fue depositado el Niño Jesús. El Pontífice celebraba, además, la misa para la comunidad griega de Roma en la iglesia de Santa Anastasia, quizás en recuerdo de la anástasis, la resurrección; era la celebración que hoy en el Misal figura como la Misa de la Aurora. La tercera misa era, finalmente, la que nosotros llamamos “diurna” que el Papa celebraba en San Pedro, que se encontraba fuera de las murallas romanas, para quien vivía a las afueras, esencialmente la población rural.


Fuentes y enlaces relacionados:

Rel4 E3 Adviento y Navidad



En el siglo IV, tras el reconocimiento del cristianismo como religión aceptada en el Imperio Romano, se fija la fecha para la fiesta de Navidad el 25 de diciembre. Posiblemente la fecha se escogió para cristianizar la fiesta pagana del Sol Invictus celebrada en ese mismo día. Sin embargo, investigaciones realizadas a partir del Evangelio de Lucas demuestran con gran probabilidad que Jesús realmente pudo haber nacido el 25 de diciembre.

¿Es eso cierto? ¿Jesús nació verdaderamente el 25 de diciembre? El profesor Shemarjahu Talmon, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, está convencido de que así es. El docente partió del pasaje del Evangelio de San Lucas (1, 5-13) en el que se cuenta que en la época en la que Herodes era rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías, marido de Isabel. Lucas dice que “mientras Zacarías oficiaba ante el Señor, en el turno de su clase, según la usanza del servicio sacerdotal, le tocó a suertes entrar en el templo para hacer la ofrenda del incienso” y en ese momento se le apareció un ángel que le predijo el nacimiento de un hijo, que habría de llamar Juan (el Bautista). Se sabe que, en el antiguo Israel, los que pertenecían a la casta sacerdotal se dividían en 24 clases, que se organizaban en un orden inmutable y que debían prestar servicio litúrgico en el templo durante una semana, de sábado a sábado, dos veces al año. La clase de Zacarías, la de Abías, era la octava en el orden oficial. Con la ayuda del calendario de la comunidad esenia de Qumrân, el profesor Talmon reconstruyó los turnos, el segundo de los cuales caía en septiembre. Las antiguas Iglesias de Oriente celebran, de hecho, la concepción de Juan entre el 23 y el 25 de septiembre. El evangelista Lucas dice, además, que la anunciación del ángel Gabriel a María sucedió seis meses después de la concepción de Juan (Lc, 1, 26). Las liturgias orientales y occidentales concuerdan en la identificación de esta fecha con el 31 del mes de Adar, que corresponde a nuestro 25 de marzo, fecha en la que la Iglesia celebra el anuncio del ángel y la concepción de Jesús. La fecha del nacimiento, por tanto, debería ser colocada 9 meses después, es decir el 25 de diciembre. 

Los estudios del profesor Talmon, sin embargo, no han callado las voces que apoyan la falta de fundamento de esta fecha, considerada contraria al relato evangélico de Lucas, ya que este habla de pastores que pasan la noche al raso, evocando un contexto que parecería más primaveral que invernal. Con respecto a esto, se evocan las normas de pureza típicas del judaísmo, recordando antiguos tratados en los que los rebaños se diferenciaban en tres tipos: los compuestos sólo de ovejas de lana blanca, consideradas puras y que después de pastar volvían a entrar en el redil en el centro de las poblaciones; las compuestas por ovejas de lana en parte blanca y en parte negra, que por la tarde entraban en rediles dispuestos a las afueras de las poblaciones; y las ovejas de lana negra, consideradas impuras, que no podían entrar ni en las ciudades ni en los rediles, debiendo permanecer a la intemperie con sus pastores en cualquier periodo del año. El Evangelio, recuerda, además, que los pastores hacían turnos de guardia, lo que indicaría una noche larga y fría, apropiado al contexto invernal.

Es la noche la que acoge la Misa más tradicional de Navidad, la de medianoche, que recuerda cómo el Papa de Roma solía celebrar tres Eucaristías en esa festividad, la primera de las cuales comenzaba alrededor de la medianoche y se celebraba en la Basílica de Santa María la Mayor, donde según la tradición, se encuentran las reliquias del pesebre en el que fue depositado el Niño Jesús. El Pontífice celebraba, además, la misa para la comunidad griega de Roma en la iglesia de Santa Anastasia, quizás en recuerdo de la anástasis, la resurrección; era la celebración que hoy en el Misal figura como la Misa de la Aurora. La tercera misa era, finalmente, la que nosotros llamamos “diurna” que el Papa celebraba en San Pedro, que se encontraba fuera de las murallas romanas, para quien vivía a las afueras, esencialmente la población rural.


Fuentes y enlaces relaccionados:

Rel4 B3.2 La misión de Jesús, misión de la Iglesia


lunes, 6 de noviembre de 2017

Rel3 B1.2 La búsqueda de sentido

Vídeo reflexión: ¿Existe Dios?


Rel3 B1.1 La naturaleza humana

Metáforas visuales: "Los ogros y las cebollas".



Pregunta a contestar (primero individual y luego se comparte en equipo antes de la puesta en común):
¿Qué es el ser humano?




Vídeo reflexión: "En busca de la felicidad".

jueves, 26 de octubre de 2017

Algar, años 30: Mártires de la persecución religiosa


Sor Martina Vázquez Gordo
Nació en Cuellar, Segovia, en 1865, en el seno de una familia con hondas raíces cristianas. Sus padres Zacarías y Antonia eran pasteleros y dueños de fincas dedicadas a la agricultura. Martina, desde muy niña, se mostró inteligente, audaz, simpática y muy abierta. Su madre murió pronto y ella se puso a ayudar a su padre en la pastelería mostrando a todos su carácter responsable y jovial. Cierto día, su padre experimentó una caída del caballo y fue llevado bastante grave al Hospital General de Valladolid, regido por las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Allí conoció por primera vez a estas Hermanas. En contacto con el dolor, y viendo la labor desarrollada por ellas, surgió en Martina la vocación. Después de hablar con su párroco, decidió romper con su novio y seguir la llamada de Dios, pero sólo si su padre se curaba.

Su padre se curó, pero este no podía entender que su hija mayor le dejase solo con el negocio y los otros cinco hijos, así que Martina rezó y esperó. Durante ese tiempo, Martina ayudó a sus hermanas a prepararse para tomar las riendas del negocio de pastelería. Fue entonces, en 1895, cuando ingresó en la Compañía de las Hijas de la Caridad del Hospital General de Valladolid. Tenía 30 años.

Decisiones valientes y caritativas
A los 31 años se marcha a estudiar al Seminario de Madrid. El período de formación se le hizo muy difícil, pero reflexionó y dijo: «Tengo que poder con el demonio». Y con la gracia de Dios logró terminar bien sus estudios. De allí partió al Hospicio de Pobres de Zamora, donde se encargó de la lavandería y de la cocina durante 12 años. Después la nombraron Superiora del Colegio de la Milagrosa, de esa misma ciudad. Con su carácter decidido, entraba incluso en el casino para convencer a los padres de que debían mandar a sus hijos a ese colegio. En cierta ocasión un padre que jugaba al billar le dijo: «Si usted hace una carambola yo enviaré a mi hijo». Sor Martina cogió el taco, tiró y consiguió la carambola y también que se llenará el Colegio. A partir de este hecho, Sor Martina se hizo muy popular en Zamora.

En 1914 la enviaron de Superiora al Hospital y Escuelas de Segorbe, Castellón, donde había familias que pasaban mucha necesidad. Ella consiguió la alimentación adecuada para los enfermos, arregló los dormitorios, las clases y todos los edificios, aportando para ello incluso sus bienes familiares y solicitando ayudas a personas ricas. Fundó un Comedor de Caridad, que era conocido como la “Gota de Leche”, para niños mal nutridos y un pequeño consultorio médico para madres lactantes. También logró abrir unas estancias para pobres vagabundos a los que visitaba cada día después de la Misa. Además de ayudarles en sus necesidades materiales trataba de buscarles trabajo. Ella misma daba a las chicas necesitadas las clases de corte y confección, además de cultura y doctrina cristiana. Su caridad contagiaba y más de una vez consiguió que los señores ricos salieran a pedir por el mercado y comercios para remediar las desgracias de tantos necesitados que acudían a Sor Martina en busca de ayuda. 

En 1923, tras la derrota de las tropas españolas en la Batalla de Annual, partió al norte de África por petición del rey con otras 42 Hijas de la Caridad para atender a los numerosos soldados heridos en el frente. Por un tiempo, sor Martina se quedará como Superiora en Melilla: limpiando pisos, atendiendo a los soldados heridos y dando órdenes a los militares, cuando la situación lo requería. Solía decir: «A mí los soldados y los pobres son los que me tienen que llevar al cielo». 

Cierto día llegó al Hospital un camión cargado de soldados heridos. Al ver que no había sitio para acoger a tantos heridos pidió a los jefes militare de Melilla que le dejasen el Casino como hospital de  campaña. Uno de los jefes se opuso con aires autosuficientes. Entonces ella cogió el teléfono y llamó al ministro de la Guerra, el cuál respondió inmediatamente a Sor Martina con un telegrama nombrándola Capitán General para que hiciera cuanto deseaba. 

Nuevo reencuentro
En 1926 regresa de nuevo a Segorbe. En 1933 dejó de ser la Superiora, pero siguió en Segorbe entregada al servicio de los más necesitados.

En los años 30 comenzaron las persecuciones religiosas en España. El 26 de julio de 1926, los milicianos invadieron el Hospital y desalojaron a las Hermanas amenazándolas con sus amas, encerrándolas en una casa deshabitada. Los conocidos y la gente que las quería les hacían llegar comida por las ventanas cuando la guardia no vigilaba. Sor Martina presentía lo que iba a pasar y les decía a sus compañeras: «Yo moriré mártir (...) pero tenemos que ser fuertes, el Señor no nos va a fallar. Recemos y pidamos fortaleza al Señor». Así estuvieron viviendo varios meses. El 2 de octubre se confesaron por escrito con un sacerdote que vivía en clandestinidad, justo enfrente de ellas. Se comunicaban con signos a través del cristal de su ventana y así les impartió la absolución.

Ratifica su entrega
En la noche del día 4 de octubre de 1936 vinieron a por ella. No se encontraba bien, pero los milicianos se la llevaron d todos modos. Sor Martina se puso el hábito, emocionada abrazó a cada hermana y les dijo: «Hasta el cielo». Algunas quisieron acompañarla, pero no se lo permitieron. La metieron en el camión y se dirigieron por la carretera de Algar de Palancia (Valencia). Ella, viendo sus intenciones, les dijo: «Me vais a matar, no hace falta que me llevéis más lejos». La hicieron bajar del camión sin que ella opusiese resistencia alguna. Le pidieron que se volviese de espaldas pero ella se opuso diciendo: «Morir de espaldas es de cobardes. Yo quiero recibir la muerte de frente, como Cristo, y perdonar como Él perdonó». Se puso de rodillas, oró con fervor, y sacó del bolsillo una botellita de agua bendita, se santiguó, besó un crucifijo y reconfortada les dijo: «Si os he ofendido en alguna cosa os pido perdón y si me matáis yo os perdono… ¡Cuando queráis podéis disparar!». Con los brazos abiertos, el crucifijo entre los dedos de la mano derecha, antes de recibir los disparos, confesó su fe así: «Creo en las Palabras de Jesucristo: “A quien me declare delante de los hombres, también yo le reconoceré delante de mi Padre”». Y recibió el primer disparo de perdigones en la cara y cuello… Viva aún, pudo exclamar: «Ay Dios mío, ten misericordia de mí», y seguidamente cayó en la cuneta donde quedó empapada en su sangre. Estos milicianos que la dispararon habían sido alimentados por ella en el Comedor de Caridad que ella había fundado.

Así entregó su vida Sor Martina, a los 68 años de edad y más de treinta de servicio como Hija de la Caridad. Su cadáver fue llevado a la mañana siguiente al cementerio del Algar. Al acabar la guerra, sus restos fueron trasladados a Segorbe, junto con otros 45 féretros. Fueron velados en el claustro del Hospital toda la noche. Se celebró una Misa de funeral y fue emocionante ver entre todos el ataúd blanco de Sor Martina, portado a hombros por la Guardia Civil hasta el cementerio.

En junio de 1959 se trasladaron sus restos de Segorbe a Cuellar (Segovia), a petición de la familia. Una sobrina suya aseguró que ella le dijo que iba a morir mártir y quería, si fuese posible, que sus restos estuviesen en su pueblo natal, a los pies de la Virgen del Henar, sirviéndole de alfombra. Y así quedaron depositados como ofrenda de amor, en el camarín del Santuario de Ntra. Sra. del Henar, custodiado por los religiosos carmelitas.

Ad maiorem Dei gloriam.