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lunes, 19 de septiembre de 2016

Rel1 B4 Los Sacramentos: La Confirmación


La Confirmación es uno de los Sacramentos de la Iniciación a la Vida Cristiana, en el que somos llamados a ser otro Cristo, viviendo nuestra vida con Él y como Él.

Quien recibe el Sacramento de la Confirmación es ungido con el santo Crisma que imprime en el confirmando el sello espiritual. La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (Dt 11, 14) y de alegría (Sal 23, 5; Sal 104,15); purifica (los antiguos se daban una unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (Is 1, 6; Lc 10, 34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.

Todas estas significaciones de la unción con aceite se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con el Óleo de los Catecúmenos significa purificación y fortaleza; la Unción de los Enfermos expresa curación y consuelo. La unción del Santo Crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración.

Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda “el buen olor de Cristo” (2Co 2, 15). Por medio de esta unción, el confirmando recibe “la marca”, el sello del Espíritu Santo. El sello es el símbolo de la persona (Gn 38, 18; Ct 8, 9), signo de su autoridad (Gn 41, 42), de su propiedad sobre un objeto (Dt 32, 34) —por eso se marcaba a los soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor—; autentifica un acto jurídico (1R 21, 8) o un documento (Jr 32, 10).

En la Confirmación el rito es muy sencillo, básicamente es igual a lo que hacían los apóstoles, aunque se le han añadido algunos elementos para que sea más entendible.

El rito esencial es la unción con el santo crisma, unida a la imposición de manos del ministro y las palabras que se pronuncian. La celebración de este sacramento comienza con la renovación de las promesas bautismales y la profesión de fe de los confirmados, haciendo ver que la Confirmación constituye una prolongación del Bautismo. (Cfr. SC 71; Catec. n. 1298). El ministro extiende las manos sobre los confirmados como signo del Espíritu Santo e invoca la efusión del Espíritu Santo. Sigue el rito esencial con la unción del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano y pronunciando las palabras que establece el ritual. La celebración del sacramento termina con el beso de paz, que representa la unión del Obispo con los fieles. (Catec. no.1304).

Signos y símbolos de la Confirmación
  • Imposición de las manos.
  • Crismación.
Imposición de las manos sobre los confirmandos.

La imposición de las manos es uno de los gestos más repetidos en la Biblia y en la liturgia sacramental cristiana para significar la transmisión de poderes, la bendición, el perdón o la identificación de una persona. Su sentido queda concretado por las palabras que acompañan al signo en cada caso. «Yo te absuelvo de tus pecados» en el Sacramento de la Penitencia. «Te pedimos que santifiques estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor», en la Plegaria Eucarística. «...Escucha nuestra oración y envía sobre ellos el Espíritu Santo Paráclito», en el sacramento de la Confirmación.

Jesús bendice, cura y perdona con el expresivo gesto de la imposición de los manos. La comunidad cristiana lo utiliza para transmitir el Espíritu Santo sobre los bautizados.

En el sacramento de la Confirmación, por la imposición de las manos sobre los confirmandos, hecha por el Obispo y, en su caso, por aquellos sacerdotes que van a ayudar al Obispo en la administración de la confirmación, se actualiza el gesto bíblico, con el que se invoca el don del Espíritu Santo. En la oración que acompaña a esta primera imposición de las manos se pide a «Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo» para estos confirmandos «que regeneraste por el agua y el Espíritu Santo» (alusión al Bautismo) el Espíritu Santo Paráclito, con el espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad, y finalmente, «cólmalos del espíritu de tu santo temor». Y la segunda imposición de la mano se hace con la unción del crisma.

Unas manos extendidas hacia una persona y unas palabras que oran. Las manos elevadas, apuntando al don divino, y a la vez mantenidas sobre una persona, expresando la aplicación y atribución del don divino a estas criaturas. Por una parte, invocamos humildemente la fuerza de Dios, de quien dependemos, la fuerza del Espíritu Santo. Por otra parte, nos damos cuenta de que los dones de Dios nos vienen en la Iglesia y por la Iglesia.

La Iglesia es siempre el lugar donde florece el Espíritu. La mano poderosa de Dios que bendice, consagra o inviste de autoridad, es representada sacramentalmente por la mano del ministro de la Iglesia, extendida con humildad y confianza en este caso sobre los confirmandos. Cuando el ministro realiza este gesto simbólico de la imposición de las manos, se convierte en instrumento de la transmisión misteriosa de la salvación de Dios. Y cuando los confirmandos ven realizada sobre ellos esta acción simbólica, además de alegrarse se sienten interpelados, porque se están asegurando la cercanía de Dios, y que el Espíritu Santo sigue actuando en todo momento como «Señor y dador de vida».

Santo Crisma. Crismación.

Los óleos son ungüentos aromáticos, mezcla de aceite y bálsamo oloroso con los que, desde la antigüedad, se ungía como signo de predilección o se daban masajes.

En el Antiguo Testamento se empleaba la unción para expresar la fuerza que Dios comunicaba a las personas que empezaban una misión para su pueblo: los reyes, como David, los sacerdotes, como Aarón, los profetas, como Eliseo.

Pero el verdadero Ungido es Jesús de Nazaret. Él ha recibido la misión de Mesías, y por eso recibe la unción del Espíritu Santo. Después, los creyentes en Cristo recibimos también la unción del Espíritu a través del sacramento de la Confirmación.

El Santo Crisma lo consagra el Obispo rodeado de su presbiterio en la Misa Crismal. «Te pedimos, Señor, que te dignas santificar con tu bendición este óleo y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo, de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma, infundas en él la fuerza del Espíritu Santo con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires y hagas que este crisma sea sacramento de la plenitud de la vida cristiana para todos los que van a ser renovados por el baño espiritual del bautismo. Haz que los consagrados por esta unción, libres del pecado en que nacieron, y convertidos en templo de tu divina presencia, exhalen el perfume de una vida santa; que, fieles al sentido de la unción, vivan según su condición de reyes, sacerdotes y profetas, y que este óleo sea para cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo, crisma de salvación y les haga partícipes de la vida eterna y herederos de la gloria celestial».

En la celebración del Bautismo, después de la inmersión o efusión del agua, el celebrante unge con el crisma la coronilla del bautizado, significando su incorporación al sacerdocio de Cristo. «Dios todopoderoso,... te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey».

El sacramento de la Confirmación se confiere mediante la unción del crisma en la frente, que se hace con la imposición de la mano, y mediante las palabras «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». En Oriente este sacramento se llama «Crismación».
"La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de la consagración. Por la Confirmación, los cristianos, es decir, los que son ungidos, participan más plenamente en la misión de Jesucristo y en la plenitud del Espíritu Santo que éste posee, a fin de que toda su vida desprenda «el buen olor de Cristo». Por medio de esta unción, el confirmando recibe «la marca», el sello del Espíritu Santo. El sello es el símbolo de la persona, signo de su autoridad, de su propiedad sobre un objeto, por eso se marcaba a los soldados con el sello de su jefe y a los esclavos con el de su señor. Autentifica un acto jurídico o un documento y lo hace, si es preciso, secreto. Cristo se declara marcado con el sello de su Padre. El cristiano también está marcado con un sello: «Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones» (2Co 1,22). Este sello del Espíritu, marca de la pertenencia total a Cristo, la puesta a su servicio para siempre, indica también la promesa de la protección divina en la prueba escatológica»".
Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1294-1296.

«Ser crismado es lo mismo que ser crista, ser mesías, ser ungido. Y ser mesías y ser crista comporta la misma misión que el Señor: dar testimonio de la verdad y ser, por el buen olor de las buenas obras, fermento de santidad en el mundo» (Monición antes de la crismación).

"Tenemos finalmente el más noble de los óleos eclesiales, el crisma, una mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales. Es el óleo de la unción sacerdotal y regia, unción que enlaza con las grandes tradiciones de las unciones del Antiguo Testamento. En la Iglesia, este óleo sirve sobre todo para la unción en la Confirmación y en las sagradas Órdenes.

La liturgia de hoy vincula con este óleo las palabras de promesa del profeta Isaías: “Vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’, dirán de vosotros: ‘Ministros de nuestro Dios’” (61, 6). El profeta retoma con esto la gran palabra de tarea y de promesa que Dios había dirigido a Israel en el Sinaí: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 6). En el mundo entero y para todo él, que en gran parte no conocía a Dios, Israel debía ser como un santuario de Dios para la totalidad, debía ejercitar una función sacerdotal para el mundo. Debía llevar el mundo hacia Dios, abrirlo a Él. 

San Pedro, en su gran catequesis bautismal, ha aplicado dicho privilegio y cometido de Israel a toda la comunidad de los bautizados, proclamando: “Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos. ahora sois objeto de compasión.” (1P 2, 9-10). El Bautismo y la Confirmación constituyen el ingreso en el Pueblo de Dios, que abraza todo el mundo; la unción en el Bautismo y en la Confirmación es una unción que introduce en ese ministerio sacerdotal para la humanidad. 

Los cristianos son un pueblo sacerdotal para el mundo. Deberían hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a Él. Cuando hablamos de nuestra tarea común, como bautizados, no hay razón para alardear. Eso es más bien una cuestión que nos alegra y, al mismo tiempo, nos inquieta: ¿Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? 

Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: “No permitas que nos convirtamos en no-pueblo. Haz que te reconozcamos de nuevo. Sí, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Espíritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Espíritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegría.

No obstante toda la vergüenza por nuestros errores, no debemos olvidar que también hoy existen ejemplos luminosos de fe; que también hoy hay personas que, mediante su fe y su amor, dan esperanza al mundo. Cuando sea beatificado, el próximo uno de mayo, el Papa Juan Pablo II, pensaremos en él llenos de gratitud como un gran testigo de Dios y de Jesucristo en nuestro tiempo, como un hombre lleno del Espíritu Santo. Junto a él pensemos al gran número de aquellos que él ha beatificado y canonizado, y que nos dan la certeza de que también hoy la promesa de Dios y su encomienda no caen en saco roto". 

Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal, 21 de abril de 2011. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Rel4 El don de amar

1.- El Matrimonio: Sacramento de servicio.

No todo el mundo es elegido por Dios para ser cristiano. Pero si Dios te elige descubrirás que tu vida no tendrá sentido si no eres capaz de amar a Dios y a las personas que Él pone en tu camino. Amar puede ser entendido como una entrega total hacia "el otro"; como un servicio, en el sentido de buscar el bien de la persona amada antes que el tuyo propio. Los cristianos estamos a vivir el amor desde alguno de los diferentes estados de vida:

A) Como consagrado:
  • Por el sacramento del Orden.
  • Por profesar a la vida religiosa.
B) Como seglar:
  • Por el sacramento del Matrimonio.
  • Por la condición de soltero, mediante una vida célibe.
El deseo de la familia permanece vivo todavía entre los jóvenes de hoy en día. Por ello, y por mantenerse fiel a la misión que Dios le encomienda, la Iglesia nunca renunciará a transmitir la buena noticia de la familia cristiana. Por su parte, las familias han de saber valorar siempre los dones que les aporta el matrimonio y la vida familiar: la generosidad, el compromiso, la fidelidad, la paciencia...

Mira atentamente el siguiente vídeo: "Matrimonio y humanidad".



Vamos a hacer un poco de Visual Thinking. Volveremos a ver el vídeo fijándonos bien en cada frase y en las imágenes que las acompañan. A continuación tendremos unos minutos para hacer una Rutina de Pensamiento "Palabra, idea, frase". Después haremos una puesta en común y, tras ella, escribiréis una breve reflexión final. ¡Adelante!
Al principio no era así.
"Somos la cultura postmoderna. Cultura de la prisa, de lo inmediato, ya, aquí, ahora. Solo hay que echar un ojo a la publicidad para comprender que el motor de nuestras acciones son pasiones más que razones. Sentimientos. En definitiva, placer. Y en medio de todo esto, nos enamoramos. Y el amor, esto tan propio del hombre, tan atemporal y universal se ve teñido de las circunstancias. Amamos con un amor de la prisa, de lo inmediato, ya, aquí, ahora, cuyo fundamento es el placer. "Estamos juntos porque estamos a gusto" "me gusta estar con él" "me hace sentir bien" "siento placer"... pero si el placer se termina... ¿se termina el amor? ¿o el amor es otra cosa? ¿cual es el lugar del placer? ¿acaso es malo desearlo?"
Lucía Garijo.
Nos mueven las emociones más que las razones. El otro me sirve dependiendo de lo que me aporte, ya no sabemos amar de un modo incondicional, y sin embargo... al principio no era así.

"Al principio no era así" es un documental basado en la Teología del Cuerpo de S. Juan Pablo II. En él se abordan temas como la búsqueda, las preguntas existenciales, la posmodernidad, la experiencia, la herida... Es un camino juntos para desvelar qué hay detrás de las cosas y bajar a lo profundo. Pero sobre todo, es un documental sobre la esperanza.
"Pero... ¿Cómo? Porque es como si hubiera una grieta, algo se hubiera roto por dentro, y lo que deseo y la realidad de lo que vivo no tienen nada que ver, como dos líneas paralelas que nunca se juntan ¿cómo vivir para lo que estoy hecho?". 
Lucía Garijo.
Los vídeos grabados por Lucía Garijo la muestran reflexionando, debatiendo consigo misma entre ideas contrarias acerca de la mujer, la sexualidad, el amor y el placer, haciéndose eco tanto de las ideas dominantes hoy día (del tipo “deja de ponerte leyes, reprimida, y lánzate”) con otras totalmente distintas y que entroncan con la antropología cristiana, como “cuando el placer es el objetivo final de la relación no aparece el amor sino el uso, el otro es un objeto para satisfacerte; pero cuando el objetivo final es el amor entonces el placer sí es un camino más para servir a ese amor, como lo es la espera, la castidad…”.



Prepararse para el Matrimonio y la Familia: ¿Amar o sentir? ¿Amar o buscar placer?

La fe católica es una de las claves que explican el tipo de ideas de esta veinteañera valenciana. Pero, además, todos los viernes por la tarde, Lucía Garijo participa en el oratorio para universitarios que organizan la congregación de los Cooperadores de la Verdad en la parroquia Santiago Apóstol de Valencia. Allí les hablan de la doctrina que desarrolló Karol Wojtyla sobre la sexualidad y el amor humano. Por ello, la joven Lucía tiene ya un cierto conocimiento sobre la llamada ‘teología del cuerpo’ de Juan Pablo II que se refleja muy bien en sus vídeos.


El vídeo sobre el placer acaba con una frase de san Juan Pablo II: “El hombre permanece para sí mismo como un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor” (encíclica ‘Redemtor hominis’, 10).  


Hombre y mujer los creó.

En la sociedad actual se nos induce una imagen predeterminada del género, pero esto es cada vez más confuso, cada vez esta difuminada esta pregunta, “¿Qué es un hombre, y una mujer?”. No es fácil responder a esta pregunta, como tampoco es fácil preguntarse, el proyecto que podéis ver a continuación lanza una serie de preguntas que proyectan al espectador ante la duda sobre el género y sus fundamentos más profundos, en definitiva sobre el Ser.

El trabajo “Hombre / Mujer” es la historia de un pensamiento, un pequeño viaje a través de preguntas sin responder, preguntas que nos llevan a otras y nos conducen a lo profundo de la cuestión. El trabajo no pretende dar con la respuesta correcta o definitiva, sino más bien, apuntar a la pregunta adecuada.
Lucía Garijo.
“¿La mujer nace o se hace? ¿Me siento mujer porque cumplo unos estereotipos o porque es mi naturaleza y soy mujer? ¿Es el sentir un criterio? Yo digo que me siento mujer, pero… ¿y si no me sintiera mujer? ¿Dejaría de serlo? ¿Y si me sintiera hombre? ¿Sería entonces un hombre? O tigre… ¿Sería un tigre? ¿Significa entonces que soy lo que siento? ¿Es que entonces la realidad no existe por sí misma sino que se construye? ¿Entonces no hay nada verdadero, o auténtico o real?...”


Lucía Garijo no es una filósofa profesional, ni sus preguntas son parte de un ‘brainstorming’ para un ensayo, por lo demás políticamente incorrecto. Lucía se interroga, con esas preguntas que parecen poner en tela de juicio el discurso hoy dominante de la llamada ‘ideología de género’. Lucía es una jovencísima estudiante (21 años) de la Universidad Politécnica de Valencia. Cursa 4º de Bellas Artes y allí mismo, en esa facultad con eterno halo de modernidad, en una de sus clases, con todos sus compañeros delante, proyectó hace unos meses un corto donde dice todo eso. Para sorpresa suya fue bien acogido. Y hace unas semanas proyectó allí mismo otro vídeo del mismo pelo. O parecido. Éste hablaba del placer. Y de que éste no es un fin en sí mismo. Y de que la espera, el autodominio, la castidad, el noviazgo… son necesarios para salvaguardar el verdadero amor, el de la entrega total… y a su debido tiempo. Casi nada.

P. Lucía, pero es que… hay un problema. Hubo una filósofa (profesional), Simone de Beauvoir, que dijo que “no naces mujer, te hacen mujer”. Lo dijo hace un siglo pero es que hoy eso está más vigente que nunca. Vamos, que actualmente muy poca gente se atreve a rebatir eso en público. Y tú vas y lo dices en Bellas Artes…
L. Todo ese pensamiento ha calado y echado raíces en la cultura, quizás con más evidencia en un ambiente como Bellas Artes. Prometían que seríamos libres y ¿qué es lo que te encuentras? ¿Jóvenes libres? Me temo que no. Soy consciente de que me la juego cada vez que hablo porque cuestiono las bases, ‘lo intocable’, pero lo hago porque urge. La juventud se desangra y qué voy a ir… ¿con una tirita?
P. Entonces sospechabas que muy bien no iban a caer esos vídeos…
L. Verás, el primero era un trabajo libre para una asignatura donde una compañera quiso contestar a la pregunta de ‘qué es ser una mujer’ a partir de un diario erótico… Cuando la escuché decidí que mi trabajo sería responder a su misma pregunta. En mi facultad sucede mucho eso, y en muchos jóvenes de hoy: una erotización generalizada, de la persona, de las relaciones humanas… e incluso del arte. Hasta puedes ir por la facultad y llegar a encontrarte una escenografía con alumnos desnudos y ese tipo de cosas. El caso es que yo para esa asignatura quise hacer un vídeo sobre la identidad sexual, sobre todo desde el punto de vista de la mujer. Y para eso, primero hice una encuesta sobre el tema entre mis compañeros. Muchas chicas contestaron cosas como que no se sentían mujeres, sino sólo personas porque “no existe el ser mujer”, o que no querían ni necesitaban ser madres… Es otro mundo, también por ejemplo cuando digo que soy virgen… No pueden entenderlo. Ellos, que me conocen, dicen: “¡hala, va, ¿pero qué dices, Lucía? Pero si tu eres muy normal…”. Casi ni se lo creen.
P. ¿Cómo reaccionó tu clase cuando proyectaste los cortos?
L. En el que se habla de la mujer la reacción fue buena, el vídeo no ataca a nadie, sólo hace preguntas. ¿A quién le ofenden inocentes preguntas? Aunque es verdad que un chico no comprendía cómo se puede llegar a afirmar que “no todo vale”. En el segundo, el del placer, la acogida fue algo más fría. Sólo aplaudieron unos pocos junto con la profesora. Era una clase de veinte alumnos. Ella les preguntó qué les había parecido y sólo hubo dos tímidos comentarios. Lo curioso es que al final de la clase la profesora se quedó hablando conmigo más de una hora. Ella no es creyente, pero me dijo que después de ver la película ‘El gran silencio’ [sobre la vida de los monjes cartujos] comenzó a sentir admiración por los cristianos, hasta el punto de llegar a leer a santa Teresa. Incluso me dijo que le interesaría leer algo sobre la antropología de Juan Pablo II. ¡Le dejé el libro de ‘Amor y responsabilidad’ y ahora dice que quiere comprárselo!

Hay una clave sin la cual no se entiende la coherencia de fe y vida de Lucía: su propia biografía, sobre todo el hecho de haber podido superar, apoyada en la fe, distintos y profundos sufrimientos desde muy pequeña. Porque también en eso de cargar con la cruz es bastante precoz. Y en este punto afirma: “Tengo una familia preciosa, pero no exenta de dificultades; la enfermedad en mi casa ha sido fuente de grandes sufrimientos”. Y añade: “Yo a los doce años me aparté de la Iglesia y empecé a emborracharme y a salir más de la cuenta”.

P. ¿Por qué esa actitud? ¿Por qué viniendo de una familia católica, en la que supongo que te trasmitieron unos principios distintos…?
L. Tampoco te vayas a pensar que somos una familia muy tradicional. La mía es una familia de artistas. Mis padres de jóvenes eran medio ‘hippies’, se dedicaban a hacer cerámica en una aldea, y siempre han sido muy liberales y permisivos, nunca nos han impuesto ir a misa ni nada de eso [ella es la cuarta de cinco hermanos]. Pero lo principal para mi rebeldía fue ver que mi hermana mayor se iba de monja…
P. ¿Y eso qué tiene que ver? Sería una buena noticia, ¿no?
L. Para nada. Desde luego para mí en aquel momento, no. A mí aquello me escandalizó. Ella tenía 21 años, como yo ahora. Era guapa, inteligente, tenía novio, coche, piso… Yo quería ser como ella. Tenía todo lo que yo quería de mayor. Y lo dejó todo por encerrarse en un convento. Para mí, ella se estaba suicidando. Así que me reboté contra Dios y contra la Iglesia. ¡No quería que me pasara lo mismo! Pensaba que le habían comido la cabeza y que así se cortaba las alas. No podía comprender que la gente le felicitara por ello, pensaba que estaban locos. Así que me alejé de la Iglesia. Tiré toda la ‘herencia’ que había recibido de mis padres y quise aprender a vivir sin Dios. Y así es como di con un grupo de gente un poco mayor que yo, pero también menores de edad, que se divertían bebiendo y fumando porros. A los 13 años, durante un concierto en un chalet, bebí tanto que me desmayé y tuvo que venir mi padre a por mí. Llegué a llevar alguna rasta. Y también recuerdo el día en que unas chicas del grupo de mi misma edad me contaron en qué consistían las relaciones sexuales de todo tipo. Entonces tenía 12 años, fue el día en que perdí la inocencia, entré de golpe en ‘el mundo de los mayores’.

Lucía estuvo con ese grupo dos años y medio. “A los 14 estaba cansada ya de emborracharme”, asegura. Había podido ver “la trastienda” de todo ese mundo de aparente libertad y placeres. “Promesas vacías, los jóvenes sufríamos un constante desamor. Pero Dios tuvo mucha misericordia de mí y sirviéndose del afecto de mis amigas y de mi sensibilidad me rescató, devolviéndome a la Iglesia”.

P. ¿Qué pasó tan fuerte para que se produjera el cambio?
L. En realidad no fue nada del otro mundo. Simplemente es que, en una Pascua [en una vigilia pascual en su parroquia], en el momento del lucernario, cuando el templo se queda a oscuras, reconocí esa oscuridad como mía, me di cuenta de que mi vida estaba a oscuras, vacía. Y mis amigas de toda la vida, a las que yo había abandonado y que sin embargo no me reprocharon nada cuando me vieron llegar, me estaban pasando en ese momento la luz encendida en aquellas velas. Eso me ayudó a acabar de darme cuenta de que necesitaba ser rescatada de aquellas tinieblas en las que estaba, y que el lugar era la Iglesia.
P. ¿Cuesta dejar tu grupo de amigos?
L. Sí. Fui a hablar con ellos y les expliqué todo. No lo comprendían, decían que me habían lavado el cerebro. Me costó llorar, pero los dejé y entré en una comunidad del Camino Neocatecumenal.

Para Lucía, no obstante, no acabarían ahí sus males. “Salí de todo aquello muy herida interiormente, no entendía por qué me había tenido que pasar todo eso, el tipo de vida que llevé durante casi tres años, siendo tan pequeña…”, rememora hoy con serenidad. En ese proceso de dudas y de búsqueda (porque se considera una buscadora constante y una persona con muchas inquietudes existenciales desde niña), un apoyo importante fue la Comunidad del Cordero, a la que conoció con 15 años. “Siempre me acogieron y me escucharon a pesar de mis burradas y mis dudas”, recalca al referirse a los ‘hermanitos’ y las ‘hermanitas’ de esa congregación. Lucía fue una de las jóvenes que les ayudó a construir, piedra a piedra, el pequeño monasterio que la congregación religiosa tiene en la pedanía de Navalón. “Ver a las ‘hermanitas’ pintar paredes, cortar árboles, contar chistes… me ayudó a comprender que mi hermana no había elegido una mala vida cuando se fue de monja”, rememora.

Pero las heridas de aquellos primeros años de la adolescencia todavía no estaban cerradas. Y su alma inquieta aún habría de pasar por más baches.

P. Así que conseguiste rehacerte…
L. No, no, que va. Todas aquellas heridas eran la brecha perfecta para que se me colaran muchas mentiras. Era muy débil, me sentía indigna de ser amada, miserable, destruida… Entonces pensé: ‘Dios ha permitido todo esto, Él tiene la culpa de todo’. Así que le cerré de nuevo mi corazón y me volví impermeable, durísima. Pero a pesar de esa actitud aparentemente fuerte lo pasé fatal; no hay peor infierno que vivir sin Dios. Así me pasé de los 16 a los 18.
P. Y ahí por fin hubo ‘click’ en tu vida…
L. Es que Dios tubo mucha misericordia conmigo (otra vez) y derrumbó el muro que había levantado durante esos años. Es curioso porque esos muros eran resistentes a toda forma de violencia. Pero, ay… el agua se filtra por debajo de las piedras. A través de la Comunidad del Cordero experimenté que Dios lloraba por mí al verme tan pobrecilla. Entre ellos siempre encontré corderos que no me exigían nada. La ternura de Dios, sus entrañas de misericordia, me desarmaron completamente. El amor desnuda.

Fue el rescate total. Aunque todo esto es un proceso, hay que tener paciencia porque siempre puede quedar alguna herida que aún no ha cicatrizado del todo, es necesario seguir poniendo luz.

P. ¿Y has encontrado más luces?
L. Sí, cuando conocí a los Cooperadores de la Verdad, que han sido padres para mí. Con ellos pude descansar todas las heridas que arrastraba, empezar a sanar y descubrir cuál es su sentido. ¡Todas esas heridas estaban en función de la misión!
En fin, como verás yo no soy ninguna heroína, no he conquistado nada, han venido a buscarme. Soy más bien una pobre cabezona rescatada, gracias a la Iglesia, que ha sido Madre, casa, ¡hospital de campaña! Soy hija de la Iglesia.
P. Y por fin te metiste en la carrera. Una persona tan introspectiva, con ese mundo interior… y escoge ese canal de comunicación de dentro afuera que son las Bellas Artes. ¿Por qué las elegiste?
L. Creo que sobre todo por esa búsqueda constante. La Belleza atrae. Rupnik, un jesuita que hace mosaicos, dice que la Belleza es la carne del Bien y de la Verdad. El arte es –o debería ser– búsqueda, expresión y belleza. En mi caso, elegí la rama audiovisual y de cine, que tiene muchas posibilidades.
P. Dices que “debería ser”
L. Sí, es que muchas veces el artista lo que hace es buscarse a sí mismo. Un yo, me, mí, conmigo. Se pone en el centro y entonces ya no es un puente para llegar a la Verdad, a Dios… En esos casos ya no se da esa búsqueda trascendente y el arte tiende entonces a deshumanizarse, deja de ser puente para ser centro y fin en sí mismo, pierde el sentido…
P. En tu corto sobre la mujer dices que, ante las preguntas de sentido, de búsqueda del ser (en este caso del ser mujer), “no puedo conformarme con una respuesta mediocre o llena de tópicos porque para la vida del hombre, como para el arte, no todo vale”…
L. Y es verdad. A veces observo que no hay una búsqueda auténtica de la Verdad, un esfuerzo realmente honesto por el conocimiento, sino que todo se basa en prejuicios irracionales, autojustificaciones y apetencias personales, pero no hay una apertura real a la realidad.
P. ¿Cuando te oyen hablar así tus compañeros qué te dicen?
L. Hay quien me ha hecho el vacío alguna vez cuando he dicho que soy cristiana o he hablado de Dios. Pero normalmente muestran mucho interés y me reconocen que les inquietan las cuestiones espirituales y profundizar en los conceptos, en las cuestiones de sentido, en vez de quedarse en la superficie. También noto que hay gente que ha renunciado a plantearse en serio la vida y otros quieren hacerlo pero no encuentran fundamentos y acaban en un relativismo en el que la Verdad se diluye. Los jóvenes tienen sed de escuchar otra cosa.
P. ¿Te sientes ante la necesidad de dar testimonio de tu fe?
L. Sí. Tengo que reconocer que me encanta estar en Bellas Artes, porque comprendo perfectamente a mis compañeros, sus dudas, rebeldías, acciones… ¿No son acaso las que yo hacía? Me conmueve sentir su sed, son preciosos cada uno de ellos (aunque a veces escuche burradas) porque están buscando, aunque muchas veces no saben bien qué, como me pasaba a mí.
Es muy curioso ver cómo, cuando los cristianos hablamos desde la teoría, nadie nos soporta, porque parece un moralismo insufrible que aplasta al otro, pero cuando hablas desde la experiencia es otra cosa. Y no desde lo que a mí me ha pasado y ya está, porque entonces siempre aparece eso de “si tu eres feliz así, pues bien”. Yo he visto como el oído se abre cuando se tocan los deseos más profundos: “¿Es que acaso no deseas amar enteramente, ser libre, poder perdonar del todo…?”. Y cuando tocas eso, tocas la herida porque… “¿qué te impide vivir esto?”.
En mi opinión, la mejor forma de evangelizar es poder servirles con tus heridas y decirles, como a Tomás, “mete tu mano en mi llaga, que aún la tengo, pero mira, ¡está transfigurada!”. Esto es la carne concreta, palpable, de que hay una esperanza muy grande para ti, de que hay curación para ti, ¡de que vas a sanar! Ven y verás. Este lenguaje todo el mundo lo entiende, porque es real y concreto. ‘Aterrizado’.
P. Todo eso da un cierto sentido al sufrimiento…
L. Por supuesto. ¡Yo experimento que mis heridas son fecundas! No cambiaría ni uno solo de los sufrimientos que he tenido porque hoy me permiten comprender y acoger al otro sin escándalo ninguno. Eso da sentido al sufrimiento. Quien ha tenido heridas puede comprender y acompañar a quien las sufre ahora. Si no, son todo teorías y eso hoy nadie lo escucha


Soyamante.org Las diferentes formas de amar:






Desde diferentes disciplinas, la Filosofía, la Psicología, la Medicina, la Biología, la Antropología, etc. han investigado desde hace muchos siglos lo que es el amor. Haciendo un resumen podemos establecer diferentes formas de amar que no son siempre excluyentes entre sí, ni tampoco permanentes. La manera de amar de una persona a otra puede simultanear varias de las que se muestran a continuación, o puede evolucionar de una forma más imperfecta a otra más perfecta y satisfactoria para la persona que ama y para la persona amada.
  • Ágape: Es un amor generoso, de entrega a la otra persona.
  • Eros: Da mucha importancia a la atracción física y a que haya "química" entre ambos (que se entiendan bien).  
  • Storge: Fundamenta el amor en la amistad y en que la relación surja después de un tiempo de conocerse.
  • Pragma: Construye la relación centrándose en los beneficios que puede obtener de ella. 
  • Mania: Relación en la que se manifiestan sentimientos de inseguridad, celos y poca confianza en la otra persona y en la relación.
  • Ludus: Relación en la que hay una escasa implicación emocional; se ve la relación como un juego, un pasatiempo que puede simultanearse con varias relaciones a la vez porque no hay una implicación real por parte de la persona. 
Los estudios muestran que los estilos Eros y Ágape se asocian con mayores índices de satisfacción en la relación. Por el contrario, los estilos Ludus y Mania se asocian con menor satisfacción. Además de Ágape y Eros, siempre es muy recomendable fomentar la amistad en tu relación (Storge). El estilo Pragma tiene aspectos positivos y negativos: es lógico pensar si la otra persona va a encajar contigo y con tu familia, y si va a ser un buen padre/madre, pero otros aspectos de este estilo podrían tener menos importancia. 





    La sabiduría emocional que encierran los diálogos en El Principito.

    Por diversas razones, a menudo confundimos el querer con el amar y viceversa. Como consecuencia de esta confusión llenamos nuestra mochila emocional de falsos “te quiero” y de “te amo” vacíos. Saint-Exupèry nos brinda un magnífico pasaje en El Principito que aporta luz sobre esta poderosa realidad emocional que nos afecta a casi todos en un momento u otro de nuestra vida.
    —Te amo —le dijo el Principito.
    —Yo también te quiero —respondió la rosa.
    —Pero no es lo mismo —respondió él, y luego continuó— Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.
    Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.

    Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo.

    Cuando una persona dice que ha sufrido por amor, en realidad ha sufrido por querer, no por amar. Se sufre por apegos. Si realmente se ama, no se puede sufrir, pues nada se ha esperado del otro. Cuando amamos nos entregamos sin pedir nada a cambio, por el simple y puro placer de dar. Pero es cierto también que esta entrega, este darse, desinteresado, solo se realiza en el conocimiento.

    Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse al vacío, confiar la vida y el alma. Y el alma no se indemniza. Y conocerse es justamente saber de ti, de tus alegrías, de tu paz, pero también de tus enojos, de tus luchas, de tu error. Porque el amor trasciende el enojo, la lucha, el error y no es solo para momentos de alegría.

    Amar es la confianza plena de que pase lo que pase vas a estar, no porque me debas nada, no con posesión egoísta, sino estar, en silenciosa compañía. Amar es saber que no te cambia el tiempo, ni las tempestades, ni mis inviernos.

    Amar es darte un lugar en mi corazón para que te quedes como pareja, padre, madre, hermano, hijo, amigo y saber que en el tuyo hay un lugar para mí. Dar amor no agota el amor, por el contrario, lo aumenta. La manera de devolver tanto amor, es abrir el corazón y dejarse amar.
    —Ahora lo entiendo —contestó ella después de una larga pausa.
    —Es mejor vivirlo —le aconsejó el Principito.
    Si quieres a una flor, la arrancas para tenerla contigo, pero si “amas” una flor, la riegas todos los días y la cuidas.

    En definitiva, cuando amamos a alguien le aceptamos tal cual es, permanecemos a su lado y buscamos dejar posos de felicidad y de dicha en cada momento. Porque los sentimientos para ser puros e intensos tienen que venir de muy adentro.

    Por eso es esencial hacer un ejercicio de trabajo interior y cuestionarnos si amamos o queremos, si estamos gestionando bien nuestros apegos y nuestros sentimientos o, por el contrario, estamos confundiéndonos por el deseo de ponerle palabras duraderas y profundas a nuestras relaciones.

    Recursos:

    La sexualidad sana ni se sublima ni se reprime, se integra en el proyecto vital de cada uno, de acuerdo con sus criterios personales. Efectivamente, no favorece a la persona tener miedo a la sexualidad. Tampoco le beneficia reprimirse —decirse que no por resignación—, por los motivos que sean, y con el significado de negación. Ni tampoco sublimar sin más; ni ordenándola sin vivirla por un bien mayor (moral, religioso, de salud…), ni viviéndola desordenadamente en pro de lo que consideramos un bien mayor (placer, disfrute, libertinaje). En ambos casos se degrada, se invalida y se desvaloriza a la sexualidad.

    Para poder integrar la sexualidad de un modo correcto en la persona necesitamos tener las competencias necesarias: conocimiento personal, orden, pro-actividad, reciedumbre, sentido de pertenencia a un grupo, laboriosidad, confianza en la propia acción, determinación, iniciativa, saber descansar, amistad, razonamiento racional y afectividad rica y abundante.

    Resumimos en el siguiente cuadro estas competencias junto con aquellas circunstancias que acompañan a la persona y que le pueden dificultar integrar la sexualidad en sí mismo:

    Circunstancias que dificultan la integración de la sexualidad en la persona. Competencias que ayudan a integrar la sexualidad en la persona.  
    Desconcierto. Sorpresa.  Conocimiento personal.
    Desorden. Falta de horario.Orden.
    Pereza. No hacer lo que se debe.Pro-actividad. Diligencia.
    Ñoñería. Flojera.Reciedumbre. Fortaleza.
    Egocentrismo. Narcisismo. Individualismo.Sentido de pertenencia a un grupo.
    Miedo al ambiente.Confianza en la propia acción.
    Dejarse llevar por el ambiente. Indecisión.Determinación. Seguridad.
    Aburrimiento. Pérdida de tiempo.Iniciativa.
    Agotamiento. Abatimiento.Saber descansar.
    Razonamiento emocional.Razonamiento racional.
    Sentimentalismos infantiles.Afectividad rica y abundante.
    Pereza. Pérdida de tiempo.Laboriosidad.
    Colegas. Amigos que se aprovechan.Amistades recias.


    ¿Qué significa amar y ser amado?




    Cuando quieres a alguien, ¿hay algo más que "hacer el amor"? 





    El amor como entrega de uno mismo.


    Más reflexiones y ayudas para entender la grandeza del amor en SoyAmante.org


    El Matrimonio y la Eucaristía: un amor que se entrega totalmente.



    Cuando dos personas se aman de verdad, ¿se puede pensar en una fecha de caducidad? ¿Qué significa “unidos para siempre” en el Matrimonio?

    Tan simple como decir que el Matrimonio cristiano es para toda la vida: hasta que la muerte los separe o durante todos los días de mi vida, como se prometen los cónyuges ante Dios en la ceremonia del Matrimonio. 

    Jesús excluyó la posibilidad de divorcio al decir esto sobre la unión entre esposo y esposa: “Serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” (Mc 10, 8-9).



    Dios diseñó el matrimonio para una doble finalidad: comunicar vida y comunicar amor. Las dos finalidades del matrimonio, están tan unidas una a la otra, que son inseparables.














    La sexualidad y la dignidad del hombre y de la mujer.
    "La prostitución equipara la dignidad femenina a la de un "clinex". ¡La pureza es la auténtica liberación de la mujer y del hombre!"
    Monseñor José Ignacio Munilla.
    La Delegación del Gobierno de España para Violencia de Género encargó un estudio a la Universidad Pontificia de Comillas sobre explotación sexual en mujeres durante el año 2015. La universidad presentó en febrero de 2016 un informe denominado "Apoyando a las víctimas de trata con fines de explotación sexual", que está basado en encuestas a 1.600 hombres, y la información proporcionada por varias ONG y los agentes que luchan contra la "trata de mujeres y niñas"

    A partir del informe se sacan varias conclusiones importantes:
    • Dos de cada diez hombres pagaron por servicios de prostitución en 2015.
    • Ocho de cada diez mujeres que ejercen la prostitución en España lo hacen contra su voluntad. Estas mujeres son víctimas de una extorsión de la que son muy reticentes a hablar, puesto que sufren fuertes coacciones de los tratantes que amenazan a sus familias. Frecuentemente, estas mujeres han sido víctimas de palizas e incluso de asesinatos.
    • El 90% de los clientes de prostitución reconoce haber oído hablar de la "trata" con fines de explotación sexual, y cerca del 10% reconoce haber detectado casos de trata de menores. Pero ante la propuesta de colaborar con la Policía al conocer algún caso, «la mayoría piensa que son las víctimas las que deben hacer algo». En otras palabras, consideran que no es su problema. Sin embargo, el estudio deja claro que "el cliente es el primero que puede dar la voz de alerta".
    • La "trata de mujeres y niñas" existe porque hay clientes que demandan estos "servicios" sexuales. Sin demanda no hay oferta. La prostitución mueve más dinero que el tráfico de armas y de drogas juntos.
    • Existe una excesiva dilación de los procesos judiciales en los delitos de "trata", lo que hace que se alargue el sufrimiento de las víctimas durante el proceso y que se prorrogue la solución de su situación.
    • Muchas de las mujeres, una vez rescatadas, son devueltas a sus países de origen y, de nuevo, captadas por las mismas mafias.
    • La sociedad española necesita hacer un gran esfuerzo de concienciación. Los hombres deben ser conscientes de que detrás de la prostitución se esconde la vulneración de derechos y de la dignidad de las mujeres, algo que muchas veces es ignorado por los propios clientes que no saben que detrás de eso hay esclavas, víctimas de las mafias y de los tratantes.

    Otras entradas relacionadas con el tema "El don de amar".

    sábado, 16 de mayo de 2015

    Rel1 B4 Los Sacramentos: El Bautismo

    El Bautismo.

    El primer sacramento de la iniciación cristiana es el Bautismo. 

    Bautizar significa «sumergir» en el agua. Este signo simboliza que el catecúmeno es sumergido en la muerte de Cristo y resucita con Él «como una nueva criatura» (2 Co 5, 17). Por eso se llama también «baño de regeneración» en el Espíritu Santo (Tt 3, 5), e «iluminación», porque el bautizado recibe la luz de los hijos de Dios.

    El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al catecúmeno o derramar agua sobre su cabeza, mientras se invoca el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

    El Bautismo perdona el pecado original, todos los pecados personales y todas las penas debidas al pecado; hace participar de la vida divina trinitaria mediante la gracia santificante, la gracia de la justificación que incorpora a Cristo y a su Iglesia; hace participar del sacerdocio de Cristo y constituye el fundamento de la comunión con los demás cristianos; otorga las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. El bautizado pertenece para siempre a Cristo: en efecto, queda marcado con el sello indeleble de Cristo (carácter).

    Partes del Rito Bautismal 




    Señal de la cruz en la frente. Signación.

    El celebrante, los padres y los padrinos signan al niño en la frente «con la señal de Cristo Salvador». Con este signo culmina la acogida que la comunidad cristiana hace al neófito.

    La signación es uno de los ritos más tradicionales de acogida. De esta manera el que es presentado queda ya orientado en la línea de aquello que vendrá a ser por el agua y el Espíritu: un cristiano. Todo esto bajo el signo de la cruz gloriosa de Jesucristo, donde está «nuestra salvación, vida y resurrección».
    Desde que Jesucristo murió en ella, la Cruz se ha convertido en el símbolo primordial de los cristianos. De instrumento de tortura para ajusticiar a los malhechores pasó a ser el símbolo por excelencia de la muerte salvadora. Para San Pablo la Cruz es como el resumen de toda la obra redentora de Cristo. La Cruz ilumina toda la vida del cristiano, da esperanza y asegura la victoria. Es señal de fidelidad: hay que tomar la cruz, cada uno la suya, y seguir a Jesús.
    La señal de la Cruz en la frente es un gesto sencillo, pero de hondo significado. Es una verdadera confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo. Es como si dijéramos: «estoy bautizado, pertenezco a Cristo, él es mi Salvador». A la hora de empezar a ser cristiano, esa señal es como una marca de fe y de posesión en Cristo Salvador. Por eso, siempre que hacemos la señal de la Cruz estamos recordando de algún modo nuestro Bautismo. La Cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de la existencia cristiana. Esta señal nos acompañará durante toda nuestra vida.
    Los cristianos hacemos con frecuencia la señal de la Cruz: unas veces nosotros mismos sobre nuestras personas, otras nos la hacen como en el caso de los sacramentos, invocando a la Santísima Trinidad. La Eucaristía, por ejemplo, comienza y termina con la señal de la Cruz.

    Óleo de los catecúmenos. Unción.

    Con el óleo de los catecúmenos se hace sobre el pecho la unción del Bautismo. «Para que el poder de Cristo Salvador os fortalezca, os ungimos con este óleo de salvación en el nombre del mismo Jesucristo, Señor nuestro». La unción antes del Bautismo con el Óleo de los Catecúmenos significa purificación y fortaleza; es un gesto que recuerda a los atletas y luchadores, que ya desde antiguo se daban este masaje, preparándose para el combate y el esfuerzo.

    En los primeros siglos esta unción tuvo sentido de exorcismo, de renuncia y de invocación contra todo mal. Ahora quiere transmitir la fuerza de Dios para el que empieza la vida cristiana, que probablemente será difícil. «Concede fortaleza a los catecúmenos que han de ser ungidos con él, para que, al aumentar en ellos el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe, vivan más hondamente el Evangelio de Cristo, emprendan animosos la tarea cristiana, y admitidos entre los hijos de adopción, gocen de la alegría de sentirse renacidos y de formar parte de la Iglesia». (Bendición del óleo de los catecúmenos).
    "La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia y de alegría; purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas, y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza. Todas estas significaciones de la unción se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza" (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1293-1294).

    Benedicto XVI también nos ha hablado de este santo óleo en alguna de sus homilías:

    "Tenemos en primer lugar el óleo de los catecúmenos. Este óleo muestra como un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. Mediante esta unción, que se recibe antes incluso del Bautismo, nuestra mirada se dirige por tanto a las personas que se ponen en camino hacia Cristo – a las personas que están buscando la fe, buscando a Dios. El óleo de los catecúmenos nos dice: no sólo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarnos. El que Él mismo se haya hecho hombre y haya bajado a los abismos de la existencia humana, hasta la noche de la muerte, nos muestra lo mucho que Dios ama al hombre, su criatura. Impulsado por su amor, Dios se ha encaminado hacia nosotros.
    “Buscándome te sentaste cansado… que tanto esfuerzo no sea en vano”, rezamos en el Dies irae. Dios está buscándome. ¿Quiero reconocerlo? ¿Quiero que me conozca, que me encuentre? Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo corazón, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo. No se debe apagar en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia Él, para conocerlo mejor, para amarlo mejor. 
    En este sentido, deberíamos permanecer siempre catecúmenos. “Buscad siempre su rostro”, dice un salmo (105,4). Sobre esto, Agustín comenta: Dios es tan grande que supera siempre infinitamente todo nuestro conocimiento y todo nuestro ser. El conocer a Dios no se acaba nunca. Por toda la eternidad podemos, con una alegría creciente, continuar a buscarlo, para conocerlo cada vez más y amarlo cada vez más. “Nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”, dice Agustín al inicio de sus Confesiones. 
    Sí, el hombre está inquieto, porque todo lo que es temporal es demasiado poco. Pero ¿es auténtica nuestra inquietud por Él? ¿No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes? No permitamos semejante reduccionismo de nuestro ser humanos. Permanezcamos continuamente en camino hacia Él, en su añoranza, en la acogida siempre nueva de conocimiento y de amor"" 
    Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal, 21 de abril de 2011.

    Agua. Baño.

    El agua del Bautismo debe ser agua natural y limpia, para manifestar la verdad del signo y hasta por razones de higiene, dice el Ritual en la Introducción.

    El bautismo no es el agua, sino el baño del agua, que toma sentido en la fe, como acción regeneradora de Jesucristo. En el fondo, el que realiza la renovación y la regeneración es el Espíritu de Jesús Resucitado. El agua es el símbolo, el signo eficaz de este misterio de vida y de gracia que Dios nos comunica en el Bautismo.

    «Oh Dios, que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu criatura el agua par significar la gracia del Bautismo... Que esta agua reciba, por el Espíritu Santo, la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen y limpio en el Bautismo, muera al hombre viejo, y renazca, como niño, a nueva vida por el agua y el Espíritu Santo» (Bendición del agua).

    El agua sacia la sed, limpia y purifica. Se ha convertido en el signo de la pureza interior del hombre. Para los israelitas lavarse las manos antes de comer o de rezar, no era sólo cuestión de higiene, sino sobre todo de purificación moral. En el Bautismo, este aspecto purificador del agua, aunque no es el más importante, está presente como signo del perdón del pecado original, en el que todos nacemos. «Dios todopoderoso,.. te pedimos que este niño, lavado del pecado original, sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él» (Oración de exorcismo).
    Jesús es el Agua viva que apaga la sed. «El que beba de esta agua no volverá a tener sed». «El que crea en mí no tendrá nunca sed». En el Bautismo los creyentes renacen del agua y del Espíritu. El agua es símbolo de fertilidad, de fecundidad, de vida. Es el tesoro más preciado, sin el agua la tierra sería un planeta muerto.
    En la oración de bendición del agua del Bautismo se desarrolla una admirable catequesis del significado del agua en el misterio de la salvación. "Oh Dios,... cuyo Espíritu, en los orígenes del mundo se cernía sobre las aguas,... que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad,... que hiciste pasar a pie enjuto por el Mar Rojo a los hijos de Abraham,... cuyo Hijo, al ser bautizado en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo... Mira, ahora, a tu Iglesia en oración, y abre para ella la fuente del Bautismo...»
    El Bautismo de Jesús en el Jordán es el prototipo de nuestro Bautismo. Hay dos formas de realizar el gesto del baño del agua: por infusión, echando el agua sobre la cabeza del bautizando, o por inmersión, sumergiendo al bautizando en el agua. Ambas formas son legítimas. Etimológicamente «bautismo» significa «sumergirse».

    El sacramento del Bautismo significa el nuevo nacimiento, la incorporación a Cristo en el misterio de su Muerte y Resurrección. «¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte?. Por el bautismo fuimos sepultados con él, en la muerte, para que así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4). Este misterio de incorporación a la Pascua de Cristo queda mejor expresado simbólicamente por el gesto de inmersión, y por eso lo subraya el Ritual, aunque de hecho, por razones prácticas, apenas se utiliza.






    Antiguamente se consideraba «entrar en el agua» como símbolo de «entrar en la nueva vida con Cristo». La infusión de agua por tres veces sobre la cabeza expresa más bien la purificación que el agua realiza.

    En la Vigilia pascual somos asperjados con el agua bautismal, después de renovar las promesas de nuestro Bautismo. Así recordamos que fuimos incorporados a la Pascua de Cristo, el paso de la muerte a la vida.

    Santo Crisma. Unción.

    La unción del Santo Crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración. Por esta unción se confiere al bautizado la capacidad de ejercer un sacerdocio real de intercesión por el mundo y es incorporado al Pueblo de Dios.

    Vestidura Blanca. Imposición.

    Los vestidos, además de su función protectora y estética, pueden tener una intención simbólica. El presidente y los ministros de la celebración se revisten de modo simbólico para su ministerio. Contribuyen al decoro y estética de la celebración, y ayudan a comprender el misterio que se celebra.

    Después de la unción con el crisma, el padrino o la madrina impone al neófito la vestidura blanca. Es claro el simbolismo de este vestido . En los primeros siglos el recién bautizado lo conservaba puesto desde la Vigilia pascual, en que se celebraba el bautismo, hasta el domingo siguiente, llamado «Dominica in albis», o de la deposición de las vestiduras.

    «[Nombre], eres ya nueva criatura y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna». El vestido blanco quiere ayudar a comprender en profundidad lo que sucede en el Bautismo: convertirse en nueva creatura, revestirse de Cristo.

    Originariamente la octava de Pascua fue concebida como una octava del Bautismo, para asegurar a los neófitos una catequesis postbautismal y orar por los nuevos miembros de la Iglesia. Este aspecto aparece destacado también actualmente en algunas antífonas y oraciones de la Misa. «Como niño recién nacido, ansiad la leche auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos». «Acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestable riqueza del bautismo que nos ha purificado».

    Luz. Vela encendida en el cirio pascual.

    En nuestra civilización de la luz artificial, la luz de unas velas, aunque no hicieran falta para ver, y aunque sólo fueran de adorno, puede significar muy expresivamente la fiesta, la atención, el respeto, la oración, la presencia de lo invisible, la felicidad, el paso a una nueva existencia iluminada por Cristo.

    En la Vigilia pascual celebramos con el simbolismo de la luz la resurrección de Cristo y nuestro paso de las tinieblas del pecado a la vida en Cristo. En la celebración del Bautismo durante todo el año se enciende el cirio pascual como recuerdo gráfico de que al ser bautizados participamos en la Pascua del Señor.

    El padre o el padrino enciende la vela en el cirio pascual, que le muestra al neófito, mientras el celebrante dice: «Recibid la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz. Y perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos al encuentro del Señor» (Bautismo de niños). «Has sido transformado en luz de Cristo. Camina siempre como hijo de la luz, a fin de que perseveres en la fe y puedas salir al encuentro del Señor cuando venga con todos los santos en la gloria celeste» (Bautismo de adultos).

    En los primeros siglos se hablaba del Bautismo como de una «Iluminación». La vida nueva que el Espíritu dio a Cristo en la Resurrección (cirio pascual) se transmite ahora a cada uno de los bautizados (cirio personal).
    En la Vigilia pascual todos los años encendemos nuestro cirio en el cirio pascual, que lo mantendremos encendido durante la renovación de las promesas de nuestro Bautismo y la profesión de fe. «Por el misterio pascual hemos sido sepultados con Cristo en el Bautismo, para que vivamos una vida nueva» (Monición para la renovación de las promesas bautismales).

    "Effetá" ("Abríos"). Tocar los oídos y la boca.

    Si al celebrante le parece oportuno, después de la entrega del cirio, puede añadir el rito del «Effetá». Tocando con el dedo pulgar los oídos y la boca del niño, dice: «El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén».

    La salvación que ofreció Jesús era una salvación total, espiritual y corporal a la vez. Y lo manifestaba continuamente con gestos visibles. Al sordomudo del evangelio, «le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua, diciendo: Effetá, ábrete». Ese "tocar" de Jesús es como la mano de Dios, que por medio de Cristo, sana, bendice, protege, comunica vida, perdona, da seguridad.

    La Iglesia, en sus sacramentos, continúa esa acción de Jesús con el mismo lenguaje y sentido de cercanía espiritual y corporal.
    Además, el rito del «Effetá» tiene el sentido que se desprende de las palabras que le acompañan, de «escuchar la Palabra» y «proclamar la fe». Para ello se le hace el gesto de abrir el oído y la boca, como Jesús «hizo oír a los sordos y hablar a los mudos».
    El cristiano, desde su bautismo, es apto para escuchar la Palabra de Dios, y es deber suyo proclamarla. La Iglesia se edifica y crece escuchando la Palabra de Dios. La comunidad cristiana, ante todo, escucha esa Palabra de Dios, dejándose evangelizar por ella. Luego, la predica a la humanidad, dando testimonio de ella. De esta manera, la comunidad evangelizada, se convierte al mismo tiempo en evangelizadora. De creyente, en testigo misionero.
    Y el cristiano celebra esta Palabra en la liturgia, dejándose iluminar y alimentar continuamente por ella. A la proclamación de la Palabra la comunidad cristiana responde con una audición llena de fe, dejándose interpelar por el Dios que le habla y traducir lo que ha escuchado en la realidad de la vida diaria. Y todo ello, «para alabanza y gloria de Dios Padre».